Por qué los impuestos a los millonarios están en el centro de la democracia

Traducido para Rebelión por Susana Merino

 Marc Vandepitte – Rebelión – Compartir

Gran parte de la población está de acuerdo en aplicar un impuesto a la fortuna. Sin embargo parece que no es así para los políticos, lo que no es una casualidad. Marc Vandepitte explica por qué aplicar impuestos a los millonarios es uno de los tabúes mejor defendidos en nuestro sistema político. Nuestra estructura política como la conocemos hoy es el resultado de un largo desarrollo con cierta cantidad de momentos coyunturales. Vamos a detenernos en tres de esas principales etapas para diseñar un importante plano sobre el asunto fundamental de la distribución de la riqueza.

 Grecia, la cuna de la democracia occidental

Los pioneros del pensamiento político occidental ya se enfrentaban a un dilema fundamental. Democracia significa literalmente que el dueño del poder es el pueblo y en consecuencia la mayoría (más) pobre. Pero cuando los pobres mostrasen su superioridad numérica para hacer valer sus intereses (económicos) entonces se terminarían los privilegios y las riquezas de las élites, lo que no es naturalmente el objetivo.

Platón (427-327 A.C.) solo encontraba cuatro caminos, se oponía firmemente a una forma estatal democrática. En efecto, la democracia obliga a los políticos a dar a la población lo que pide.

Según el filósofo se trata generalmente de caprichos, porque la gente ordinaria no está desarrollada y lo que busca es satisfacer sus pequeños placeres y sus bajos instintos. Y eso no conduce a un buen funcionamiento del sistema.

Un Estado eficiente supone por el contrario el control de los ciudadanos, porque mucha libertad conduce a la tiranía.

Según Platón, este control tiene que ver también con la conciencia.

El gobierno debe proteger los asuntos culturales de modo que el pensamiento ciudadano se forme correctamente. Solo se admiten las ideas justas, se prohíben las ideas malas.

Se obliga a los artistas y artesanos a seguir la tendencia justa. El gobierno debe ser desempeñado por los filósofos porque son ellos los que disponen la sabiduría necesaria

Su alumno Aristóteles (384-322 A.C.) acepta un poco más de apertura y de libertad, pero también se opone a cierta forma de Estado democrático. Una democracia, según su parecer, es una degeneración de la “ciudadanía ideal” porque otorga ventajas a los pobres y no está dirigida al conjunto de la comunidad, “En la democracia, los pobres son los reyes porque son más numerosos y porque la voluntad de la mayoría determina la ley”. Y eso no es bueno.

Para Aristóteles el poder absoluto es nefasto y la discusión política es importante. La tiranía y la oligarquía (los ricos que ejercen el poder en exclusiva), como en la democracia, son formas de Estado degeneradas.

Desde su punto de vista el debate político se halla de todos modos limitado a una pequeña élite de alrededor del 10% de la “polis” griega (Raimundo, 17; Novack 28-31) Se trata de hombres “libres”, es decir, que no necesitan ganarse la vida.

Los esclavos, los liberados, los extranjeros, las mujeres y también los pequeños campesinos, los trabajadores manuales, los artesanos o los comerciantes se hallan excluidos de la vida política.

¿Qué conclusiones sacamos de estos dos pioneros de la democracia occidental?

1.- Hay una pequeña élite que lo decide todo. Las clases inferiores (la mayoría) están oprimidas. No pueden votar las decisiones y es importante controlar sus mentes.

2.- En el seno de esta pequeña élite es necesario el debate. Se excluye a los tiranos y a los dictadores. No son los ricos los que ejercen (directamente el poder) sino que lo hace una clase “política” o una minoría restringida.

Las revoluciones burguesas

Otro momento coyuntural en la formación del sistema político occidental es la revolución francesa. El 14 de julio de 1789 una gran multitud rodea la Bastilla y pone término en Francia al régimen feudal.

Se crea un nueva Asamblea (parlamento). Pero las opiniones están muy divididas, por un lado el ala derecha (de los aristócratas) y el ala izquierda (jacobinos y girondinos algo más moderados). Los jacobinos liderados por Robespierre quieren el sufragio universal (para los hombres), un sistema fiscal progresivo, educación gratuita, abolición de la esclavitud en las colonias….

El ala derecha no apoya las mismas ideas pero consigue que se apruebe la Ley Le Chapelier, en 1791, que prohíbe huelgas y sindicatos.

La situación se polariza rápidamente. En 1792, los jacobinos provocan una radicalización. Consiguen el sufragio universal, precios máximos para los alimentos seguidos de otras medidas sociales y anticlericales.

Pero todo eso ocurre en un contexto de violencia creciente, es el Terror.

En la derecha se teme que los privilegios (la riqueza) de la burguesía en ascenso y de la clase pudiente no supere la trampa. Boissy d’Anglas, miembro del ala derecha de la Asamblea lo describe así: “Es necesario defender en todo caso el bien de los ricos… Debemos ser gobernados por los mejores, aquéllos a los que la educación ha vuelto apropiados para discutir el mantenimiento de la ley… Un país gobernado por los propietarios constituye el orden social, el que esté dominado por los no propietarios es un país en estado salvaje”.

En julio de 1794, la derecha reacciona despiadadamente y elimina el ala izquierda.

La burguesía pudiente recupera las riendas. Se eliminan los precios máximos de los alimentos y se instala el sistema bicameral.

El Senado formado por la nobleza y la rica burguesía sirve de tapón a la Cámara en la que están (o podrían estar) representadas las clases bajas. En la Cámara se pueden aprobar medidas radicales, pero deben ser ratificadas por el Senado. Para Montesquieu, teórico de la separación de poderes, este sistema bicameral era una de las condiciones de la separación de los poderes. El pueblo no está capacitado para gobernarse solo y por lo tanto es necesario que designe a profesionales del poder. O sea los ricos o por lo menos sus representantes.

Las ideas demasiado radicales se frenan. El periodista Gracchus Babeuf defiende una mayor distribución de la riqueza, jubilaciones a los sesenta años, distribución gratuita de alimentos a las poblaciones hambrientas, nacionalización del comercio exterior… En 1796 es detenido y condenado a muerte. En 1799, Francia se halla particularmente agitada. Para evitar que los radicales jacobinos ocupen el poder, Napoleón Bonaparte fomenta y lidera un golpe de Estado. Se arroga el poder, disuelve la cámara y solo permite trabajar al Senado. Reaparece el sistema censal. Solo los ricos burgueses mantienen el derecho al voto y pueden estar representados en el Parlamento. En la tradición liberal el principio básico es “No hay impuesto sin representación”. Pero aquí en realidad sucede a la inversa “No hay representación para quien no paga impuestos” [Soboul, 90-103; Losurdo, 20].

Con Bonaparte la nueva república alcanza su forma definitiva. La aristocracia cae derrotada, se somete a la población y se desactivan las ideas radicales. Aquí comienza la era de la burguesía y de la ideología liberal. Esta ideología se encuentra sin embargo frente a un dilema fundamental. Hallándose opuesta al feudalismo y al poder absoluto del rey, la tradición liberal defiende un sistema representativo. Pero el sistema representativo conlleva el riesgo de que las clases inferiores impongan su voluntad gracias a su mayoría e intenten obtener especialmente una redistribución de la riqueza. Por eso debe existir un sistema que proporcione la ilusión de la representatividad aunque neutralizando políticamente a las mayorías [Losurdo, 8]. Esto se logrará instalando el sistema bicameral y el sistema censal (el derecho a voto plural en Bélgica es una variante de este último).

En Inglaterra evolucionó de manera similar: Joan Locke, el teórico inglés de la democracia occidental, ya en el siglo XVII alertaba de los riesgos que podría acarrear para la clase pudiente la democratización política. Para este filósofo la propiedad privada es absoluta e intocable, incluso con respecto a un gobierno elegido “el poder más alto no puede quitar a nadie ni siquiera una parte de sus propiedades sin su consentimiento”. Según Locke el objetivo del poder es la salvaguarda de la propiedad. El sistema bicameral y el sufragio censal velan para que el temor de Locke no se transforme en realidad. El sistema censal no se derogó hasta 1867. En Bélgica duró hasta 1918.

En los EE.UU. la constitución de 1787 está redactada en función de la clase superior afortunada. La visión de Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro, es elocuente: “Todas las comunidades se dividen en poco numerosas y numerosas. El primer grupo está formado por los ricos y el segundo por las masas populares… El pueblo es turbulento y cambiante, rara vez juzga o decide razonablemente. Por lo tanto hay que dar a los primeros una parte neta y permanente en el gobierno. Ellos controlarán la irresolución de la segunda clase… ¿Puede acaso imaginarse que una asamblea democrática que se modifica anualmente con la masa popular, puede encarar el bien común?

En los Estados Unidos la burguesía no tiene cuentas que arreglar con una nobleza feudal. Es sobre todo a las clases inferiores de la población a las que se les imponen restricciones. Los indios, los negros, los nuevos inmigrantes y los analfabetos simplemente son excluidos. Los sectores más pobres de la población son desalentados por un impuesto electoral y por tener que registrarse. Habrá que esperar hasta la segunda mitad del siglo XX para que todos los ciudadanos estadounidenses obtengan el derecho a votar.

Hasta hoy existe en los EE.UU. la obligación de registrarse, lo que para mucha gente constituye un umbral demasiado alto. Actualmente existen alrededor de un 30% de personas no inscritas. Se trata por lo general de personas de las capas inferiores de la población. El sistema bicameral asegura a la clase pudiente que no tiene que preocuparse por la toma de decisiones democráticas. Hoy más de la mitad del Congreso (Senado) se halla integrado por millonarios. Sus ingresos promedio son tres veces más altos los de sus colegas de la Cámara de Representantes y 25 veces superiores al promedio de los ingresos familiares. Los todopoderosos lobbies velan además por que los parlamentarios retiren rápidamente, llegado el caso, las “malas” propuestas.

¿Qué conclusiones sacaremos de este período?

1.- El poder político está reservado a una pequeña élite. Es crucial para asegurar las propiedades de los ricos, que finalmente siempre es lo fundamental.

2.- Se ha optado por un sistema representativo de modo que las diferentes fracciones (de la burguesía) estén representadas y que la nobleza no pueda blandir su cetro.

3.- La mayor parte de los ciudadanos comunes se hallan neutralizados restringiendo la representación (sistema censal, voto plural, impuesto electoral) o poniendo diques a la representatividad (sistema bicameral).

La revolución de 1848 y el advenimiento del movimiento obrero

1848 fue un año tormentoso. En los diferentes países europeos la atmósfera estaba agitada. La insurrección comenzó en Francia. La población trabajadora no estaba satisfecha del estado de las cosas y reclamaba entre otras cosas el sufragio universal. La chispa se propagó a otros países del continente. Se podría compara un poco con la primavera árabe de 2011. Las revoluciones, a menudo armadas, se reprimen con sangre en todas partes, pero las brasas no se extinguen. Finalmente el sufragio universal no pudo detenerse.

El movimiento obrero comprende que la organización política es muy importante para lograr victorias futuras. Tres cosas resultan esenciales: 1) Para rebelarse en los lugares de trabajo los trabajadores deben organizarse en sindicatos, 2) Para emprender el debate político contra la bien organizada burguesía, es necesario constituir un fuerte partido de los trabajadores [Abendroth, chap. 3], 3) Se debe disponer de diarios propios para sacudir de las mentes el continuismo y armarse contra la intoxicación de los espíritus por la Iglesia, la educación y la prensa [Losurdo, 105-111].

La burguesía huele por dónde viene el viento y combatirá implacablemente al movimiento obrero. El filósofo Nietzsche, que se convertiría después en una importante fuente de inspiración de los fascistas, lo expresa así: “En primer lugar me aparto del socialismo porque sueña tontamente con el bien, la verdad, la belleza y la igualdad de derechos, y en segundo lugar de los parlamentarismos y de los diarios, porque son los medios a través de los cuales la masa se convierte a sí misma en dictadora”.

La lucha obrera y los sindicatos deberán enfrentarse una brutal represión. Los trabajadores militantes corren el riesgo de perder su trabajo y de que los detengan, a veces a perpetuidad. Las huelgas y manifestaciones se dispersan a golpes de sable o con disparos de armas de fuego. En Bélgica, por ejemplo, la gran huelga de 1886 costó la vida a más de 20 obreros y dejó cientos de heridos. En otros países la represión es todavía más severa. Para la prensa el movimiento obrero es la cabeza de turco. Hará falta mucho tiempo para que se reconozca a las organizaciones obreras. En Francia, los sindicatos no se reconocieron hasta después de 1844. En los EE.UU. en 1890 los sindicatos son declarados ilegales de facto por la Ley Sherman Antitrust Act. En Bélgica habría que esperar a principios del siglo XX para ver las primeras convenciones colectivas de trabajo. A medida de que el movimiento obrero abjura de su radicalismo hay menos víctimas mortales. El radicalismo también se ve atenuado por la obtención de mejores salarios para la capa superior de los obreros mejor cualificados, la pretendida aristocracia obrera. Esta élite adquiere poco a poco ventajas influyentes en la conducción de las organizaciones sindicales [Brepoels, 34-67].

La burguesía trata de neutralizar electoralmente el advenimiento de los partidos obreros poniendo durante largo tiempo barreras al sufragio universal. En Bélgica, la lucha por el sufragio universal (masculino) duraría un cuarto de siglo (1889-1918) y costó 20 muertos. La burguesía y los parlamentarios hacen todo lo posible para impedir que la mayoría numérica de la población trabajadora se transforme en supremacía política. En 1895 llegarán a votar una ley electoral comunal que tiene por objeto impedir la llegada de los socialistas a los consejos comunales.

Durante el período 1850-1920 la lucha por el sufragio universal se instala en el centro y parece, a primera vista, un combate por los derechos políticos. Pero para el orden establecido se trataba solamente de mantener los privilegios y sobre todo las riquezas. La desigual distribución de la riqueza no era ni es posible más que sobre la base de relaciones favorables de fuerza que en esa época se traducían especialmente por la obtención del sufragio universal. De modo que no es por azar que el establecimiento de contribuciones (progresivas) y por lo tanto una redistribución de la riqueza esté muy vinculado con el establecimiento del sufragio universal. En Bélgica el impuesto como porcentaje del PNB estaba en el nivel más bajo durante el voto plural. El sistema de imposición progresiva no se votó hasta 1919 año de la instalación del sufragio universal. En el Reino Unido hacia la mitad del siglo XIX las contribuciones correspondían al 8% del PNB. Hacia el año 1928, año en que se estableció el sufragio universal, llegó al 20%. Fue en 1913 cuando se introdujo el impuesto a los réditos.

Otra de las estrategias destinadas a neutralizar el peligro del movimiento obrero consiste en “integrar” a la crema de los partidos obreros en el sistema, lo que los hace abdicar de su radicalismo. Esto se logra especialmente mediante subvenciones a las mutualidades y otras prestaciones de servicios, el acceso a empleos (atractivos) en la administración pública y otras modestas concesiones sociales [Lis, 182-197; Brepoels, 57].

Esta estrategia se utilizó con cierto éxito en Europa occidental: la mayor parte de los partidos obreros fueron abandonando progresivamente el radicalismo e integrándose totalmente en el sistema y hasta formando parte de gobiernos que desarrollarían políticas antisociales [Petras & Veltmeyer, 37-38; Bihr]. Es lo que decide a los elementos de izquierda que quedan en los partidos a independizarse y a crear partidos comunistas. Entre las dos guerras estos partidos se convirtieron en el punto de mira de los fascismos y prácticamente los liquidaron [Hobsbawm, 151-171]. Luego de la Segunda Guerra Mundial, los partidos comunistas en el contexto de la Guerra Fría estuvieron permanentemente bajo el fuego de los medios y del orden político establecido [Depraetere & Dierickx]. El objetivo es doble, impedir que obtengan una base electoral importante esperando que a la larga también se integren en el sistema. Esta estrategia también ha sido exitosa en la mayor parte de los países europeos.

Otra estrategia exitosa, sobre todo en tiempos de crisis, es desviar la atención. Los antagonismos socioeconómicos se empujan al plano posterior girando los enfoques hacia otros temas sensibles [Frank & Fuentes, 156]. A partir de los años 80 son sobre todo los partidos nacionalistas y populistas de derecha los que seguirán esa línea.

La fuerte mediatización de la política y la simplificación del debate social forman el lecho de estos partidos [Blommaert e.a.; Raes, 30-1].

No son problemáticas las desproporciones económicas, sino los extranjeros, los musulmanes, los habitantes de las regiones más pobres (los valones en Bélgica, los meridionales en Italia, los españoles en Cataluña, etc.). Y visto su éxito electoral la mayor parte de los demás partidos adoptan largos tramos de ese discurso. De este modo desaparece del horizonte la desigualdad de la distribución de la riqueza.

Ante estas evoluciones el peligro electoral se halla prácticamente conjurado. Una mayoría parlamentaria ya no constituye una amenaza a los privilegios económicos de una pequeña minoría. Pero no es en sí misma una garantía absoluta. Los principales logros socioeconómicos como vacaciones pagadas, abolición del trabajo infantil, subsidios de desempleo y hasta el sufragio universal se han alcanzado fuera de los parlamentos.

Los parlamentarios de diferentes países han frenado estas conquistas el mayor tiempo posible. Ha sido solo bajo la presión de las calles o de los talleres, que crearon el necesario marco legal.

De modo que con los partidos “integrados” no se consigue nada. Si se quieren evitar lo más posible los inconvenientes de las acciones callejeras y de las huelgas es necesario también controlar las mentes.

Y esto concierte en crucial el control de la prensa. Durante la revolución francesa la prensa revolucionaria floreció sin precedentes. Entre 1789 y 1800 aparecieron más de 1.350 boletines que jugaron un papel muy importante en la movilización de las masas, lo mismo que en 1848. Esto no ha escapado de la mirada de las élites. Como Platón entrarás en guerra contra las “malas” ideas.

“Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes” y la burguesía quiere mantenerlas. De este modo, en el siglo XIX no se prohibieron las publicaciones pero las arruinaron por medio de severas multas. En Alemania, por ejemplo, todas las hojas progresistas fueron sencillamente prohibidas por una ley de 1878. Una buena parte de la prensa progresista desapareció, por consiguiente, imposibilitada de competir con la prensa burguesa que dispone de capitales mucho más importantes. Con la llegada de la radio y la televisión el impacto de los medios sobre la opinión pública se volvió más importante.

Pero inevitablemente a finales del siglo XX los medios de comunicación de masas están casi enteramente en manos del gran capital. Será difícil esperar que sus ricos propietarios hagan del escándalo de la injusta distribución de la riqueza un tema de sus “medios”. Seguramente sucederá lo contrario, es decir que esgrimirán una batería de argumentos para edulcorar la situación y voltearán a quién quiera cambiar la situación.

Con el control de los medios masivos, las ideas dominantes serán más que nunca las ideas de la clase dominante.

Un matiz débil pero importante tiene su lugar aquí. Como demostró la Primavera Árabe, la aparición de Internet y las redes sociales está ofreciendo nuevas e importantes posibilidades de quebrar el monopolio de las conciencias.

De este período concluiremos lo que sigue:

1.- Los progresos políticos, sociales y económicos solo se consiguen mediante la lucha, a menudo feroz. El progreso no llega gracias al parlamento, sino a pesar de él. Lo determinante es la relación de fuerzas en el trabajo y en las calles.

2.- El control de los medios de comunicación es crucial para mantener el camino de las masas. Este control se lleva a cabo mediante la represión (prohibiciones, multas) o mediante el poder del mercado, en el que la élite tiene una ventaja gigantesca.

3.- La élite ha hecho de todo para evitar (el mayor tiempo posible) el sufragio universal pero una vez instalado, ha hecho lo posible para convertirlo en inofensivo para la mayoría política.

4.- La barrera interpuesta por el orden establecido contra el ascenso de los trabajadores no tiene como objetivo los privilegios políticos. Se trata principalmente de la posible (re) distribución de la riqueza y por lo tanto del orden fiscal.

El impuesto a los millonarios es el centro de la democracia

La tradición liberal quiere que creamos que nuestro sistema político ha crecido espontáneamente. Pero esta idea no resiste la menor revisión histórica.

La emancipación política se ha arrancado a través de una lucha feroz y de largo aliento con gran oposición de las élites. El orden estaba temeroso y sigue temiendo siempre que esta emancipación toque sus privilegios económicos.

A lo largo de toda la historia ha ido poniendo siempre palos en la rueda y ha fomentado toda clase de artimañas y de filtros con objeto de seguir controlando el poder, para no tener que llegar a una importante distribución de las riquezas.

Lo ha logrado ampliamente. El actual sistema político ha sido y sigue siendo muy eficaz para el mantenimiento de una gran desigualdad en el reparto de las riquezas. Concede a la gente común la ilusión de la participación dejando la desigualdad económica fundamentalmente intacta.

Solo las graves crisis económicas hacen que el sistema no logre mantener la ilusión. Llegado a ese punto la élite no duda en sabotear el contenido democrático (cuerpos técnicos, leyes marco, plenos poderes) hasta llegar a eliminarlo (fascismo en el norte y dictaduras militares en el sur). Es entonces cuando se percibe la verdadera naturaleza del sistema.

He aquí algunas cifras, anteriormente citadas, que muestran la eficacia de este sistema político para mantener la desigualdad de la distribución:

1.- el 10% de los belgas más ricos son dueños del 50% de la riqueza belga, el 40% más pobre posee menos del 10% del total.

2.- La riqueza promedio de un 1% de los belgas alcanza los 7,5 millones de euros, es decir, 20 veces el promedio.

3.- Las diez familias belgas más ricas poseen en conjunto una riqueza de 42.000 millones de euros, es decir, tanto como los dos millones de belgas más pobres.

4.- Las familias Spoelberch, De Mévius y Vandamme poseen un monto equivalente al presupuesto total del seguro de salud de 2012.

Un impuesto mínimo sobre la fortuna de estos multimillonarios suprimiría de un solo golpe las penosas y antisociales cacerías económicas y daría aire a proyectos sociales y de empleo.

Con un impuesto así dejaríamos de hablar de la crisis del euro. Con un reparto razonable de las riquezas sería impensable que en un país próspero como Bélgica haya un pobre por cada siete personas y que una de cada cinco familias tenga tan pocos ingresos que deba posponer cuidados médicos por razones económicas.

Sería por otra parte un estímulo para la economía gracias a una menor presión fiscal sobre los bajos ingresos, lo que beneficiaría el consumo y las inversiones.

Para el gran economista Jeffrey Sachs una redistribución fundamental de la riqueza, y por lo tanto un impuesto a los millonarios, es una cuestión de civilización [Sachs 231].

Impuesto a la fortuna, impuesto a los ricos, impuesto a los millonarios… cualquiera que sea su nombre, es algo inevitable. Pero nada se hace porque se trata de uno de los tabúes mejor preservados de nuestro sistema político.

La desigualdad está en el ADN de nuestro sistema político. Al correr de la historia este sistema se ha formado y desarrollado precisamente para mantener lo más posible estas desigualdades.

Pero la historia no es una fatalidad, lo demuestran 150 años de historia social. A despecho del control de los medios y a pesar del obstinado culto al tabú de la redistribución hace algún tiempo las tres cuartas partes de la población belga se pronunciaron por un impuesto a la fortuna. Con razón.

Un impuesto a los ricos forma parte de la esencia de una democracia eficaz. Es hora de poner este impuesto en el orden del día… y que lo arranquemos luchando

¿Participará usted?

Bibliografía:

Abendroth W., Histoire du mouvement ouvrier en Europe, Maspéro 1967.

Bihr A., Entre bourgeoisie et proletariat. L’encadrement capitaliste , Parijs 1989.

Blommaert J., e.a., Populisme, Berchem 2004.

Brepoels J., Wat zoudt gij zonder ’t werkvolk zijn ? Anderhalve eeuw arbeidersstrijd in België. Deel 1 : 1830-1966, Leuven 1977.

Comninel G.C., Rethinking the French Revolution, Londen 1987.

Depraetere H. & Dierickx J., La guerre froide en Belgique, Anvers, EPO, 1986.

Deruette S. & Merckx K., La vie en rose. Réalités de l’histoire du parti socialiste en Belgique, Bruxelles, EPO, 1999.

Frank G. & Fuentes M., Civil Democracy, in Amin S., e.a., Transforming the Revolution. Social Movements and the World-System, New York 1990, 139-180.

Hobsbawm E., L’Âge des extrêmes : le court XXe siècle 1914-1991, Le Monde diplomatique, André Versaille éditeur, 2008.

Lis C., Soly H. & Van Damme D., Op vrije voeten ? Sociale politiek in West-Europa (1450-1914), Leuven 1985.

Losurdo D., Démocratie ou bonapartisme. Triomphe et décadence du suffrage universel, Parijs 2003.

Novack G.E., Democracy and Revolution, New York 1971.

Parenti M., Hoe de rijken de wereld regeren, Berchem 2012.

Petras J. & Veltmeyer H., Globalization Unmasked, Londen 2001.

Raes K., De democratie op zoek naar een basis, in Hubeau B. & Elst M. (ed.), Democratie in ademnood, Brugge 2002, 18-34.

Raimundo Torrado F., La crisis de los sistemas electorales del mundo capitalista, Havana 2009.

Sachs J., The Price of Civilization. Reawakening American Virtue and Prosperity, Random House, New York 2011.

Soboul A., La Révolution française, Gallimard, Quadrige, 2005.

Fuente: http://www.michelcollon.info/Pourquoi-la-taxe-sur-les.html

Compartir – Marc Vandepitte – Michelcollon.info – Rebelión – 24.12.2012

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