Uruguay: Bares escondidos, una moda que se impone en Punta

Se hicieron conocidos por el boca en boca y conforman un circuito gastronómico alternativo para los que buscan propuestas diferentes

 Silvina Ajmat  – La Nación –  Compartir

Punta del Este.- Para recorrer Punta del Este basta tomar la ruta 10 y dejarse llevar bordeando la costa hasta donde termine, en algún momento, el camino, o se bifurque rumbo al interior continental uruguayo, donde los campos parecen eternos. A diestra y siniestra de la ruta se encuentra todo: lo indispensable, lo necesario y lo “top”. Supermercados, bares, boliches, restaurantes, negocios de ropa, decoración, inmobiliarias, gimnasios, hoteles, todo. Pero eso no significa que circulando por los recovecos de desigual proporción que se distribuyen tierra adentro, no se pueda encontrar todo eso y mucho más.

Al menos eso parecen querer demostrar distintos emprendedores noveles que se lanzaron en la aventura de montar restaurantes muy chiquitos, en lugares de difícil acceso-es difícil orientar el punto exacto del mapa en el que están-, conceptualmente muy bien definidos, con una cocina de autor bien posicionada y con platos relativamente económicos. El boca en boca los llevó a instalarse con fuerza como parte de un circuito alternativo, “cool” y para paladares exigentes.

Aquí, un repaso por cinco restaurantes recónditos que vale la pena conocer

¡No seas malo!

¡La frase que da nombre a esta pulpería, como se autodefine, es muy típica del diccionario de modismos uruguayo y se usa en toda conversación entre amigos como réplica ante un comentario con el que uno está en desacuerdo. Los dueños del bar son, sin embargo, argentinos.

Llegar resulta una verdadera aventura: la única forma de explicar la ruta es buscar el Camino de los Flamencos, un sendero de ripio que no parece llevar más que a un tupido bosque de pinos. Hasta que un pequeño letrero de madera con letras rojas advierte: “¡N.S.M!” Casi como una contraseña sólo para entendidos, sin un plano y muchas referencias, resulta imposible llegar.

Una vez ahí, un rancho en medio de un campo de seis hectáreas espera con la calidez que sólo lo rústico puede ofrecer.

Maderas y chapones conforman la casilla donde se disponen muy pocas mesas, para 35 personas máximo.

Aroma a leña y el horno de barro encendido desde la tarde en pleno proceso. Música en vivo, melódica: una guitarra, una caja y un ukelele, para ambientar una cena que apunta a los clásicos hechos sólo a base de productos locales. El plato más caro es la pesca del día, un plato que incluye corvina negra, rubia o brótola, servidas con puré de zanahorias, reducción de naranjas, hinojos confitados y una mezcla de olivas, alcaparras y anchoas, y se puede conseguir a 17 dólares.

El clima de fogón y la idea de estar cenando en un lugar apenas transitado suma muchos puntos más. Mirar al cielo y ver miríadas de estrellas al son de los grillos y las ranas, toda una experiencia.

Elmo y Ludwig Van

La zona denominada El Chorro permanece poco explorada por los veraneantes esteños. Paulatinamente se fue convirtiendo en un centro gastronómico alternativo impulsado por el boca en boca y cada vez aparecen más restaurantes.

Los ya conocidos El Abrazo y El Camino, orientados a una clientela más premium, y algunos reductos que aparecen en el camino inesperadamente, llamando a pasar y ver. Es el caso de Elmo o de Ludwig Van, dos restaurantes especializados en pizza gourmet pero con distintos enfoques. Elmo busca no ser encontrado. Con una señalización apenas visible, para llegar hay que preguntar. Los vecinos de la zona de El Chorro contestarán entusiasmados. Aparentemente, es un favorito de los locales.

Ludwig Van es un emprendimiento familiar. El nombre está puesto en honor a uno de los nietos del propietario, Bubi Barranco.

Para que el resto de sus nietos no se pongan celosos, Bubi ya piensa inventar platos o menús con sus nombres, Francesca y Ulises. La maestra pizzera es la hija del dueño, y la receta es de su abuela Mary. La especialidad de la casa, la pizza de tomate con ajo y albahaca, se puede conseguir a 9 dólares. Mesas de madera, un piano y luz tenue invitan a dejarse llevar por la paz del campo, y el no tan lejano sonido del mar.

Sí, querida

No es un secreto que para salir a comer sin gastar demasiado dinero hay que buscar en Maldonado, la ciudad cabecera del departamento de Maldonado, donde se encuentra Punta del Este. Sin embargo, un verdadero hallazgo es este restó súper pintoresco, con un estilo psicodélico y muy sixties que ya se convirtió en un éxito entre los habitués del verano esteño.

Surgió como un microemprendimiento de Santiago Martín Marrero y su mujer, Natalia Maga. Santiago, chef uruguayo, quería tomarse un año lejos del ajetreo de los grandes restaurantes de Punta. Empezó como un local chiquito, ubicado en el garaje de la casa de sus abuelos, en el corazón de Maldonado. Pronto se corrió la voz: un restaurante diferente con cocina de autor y una decoración súper original.

Bingo. Hoy no dan abasto con las reservas.

Lo más sorprendente es la fisonomía del lugar. Cuando uno llega a la hora pico de la cena, alrededor de las 22, sorprende la cantidad de autos estacionados en la entrada que consiste, literalmente, en una puertita roja, con una ventanita de vitral de colores. ¿Cuánta gente puede entrar ahí? Aproximadamente 60.

Es que el corazón es grande. Una cena allí, cuesta aproximadamente 15 dólares por persona y la carta incluye una amplia variedad de platos: empanadas de cordero condimentadas con vino tinto, tarta de mariscos, ñoquis gratinados, burritos, quesadillas, son los más populares. Además, cuenta con una buena oferta de vinos.

¡Hay Agite!

Las dueñas tienen 21, 22 y 47 años. Las más chicas atienden el local con ese entusiasmo tan propio de la juventud. Pero no son ningunas improvisadas. Desde los 16 se dedican a inventar todo tipo de negocio a partir de las posibilidades que les brinda la gran movida turística inherente a su tierra natal. Pero sin dudas, el éxito llegó esta temporada. Instalaron un “bar boutique” sobre la ruta 10 en La Barra, donde exponen diseños de ropa y accesorios de distintas marcas y además cuentan con una surtida carta para quien quiera sentarse a comer o tomar algo.

Aunque está ubicado en el centro de la movida, este bar a veces pasa inadvertido detrás de los percheros de ropa y bolsos colgando en la entrada. Pero con solo pasar a la galería ya es un descubrimiento. Mesitas de hierro pintadas de rosa, banquetas forradas de cuero de colores, buena música y buen servicio.

Siempre hay un menú del día que se cotiza entre 10 y 15 dólares e incluye un elaborado plato principal (lomo al vino tinto con ensalada de mango, por ejemplo) y postre.

Su “Desayuno ¡Hay Agite!” ya se popularizó entre los que madrugan y se sientan allí a leer el diario o trabajar desde temprano, y para la juventud, el bar pone música desde la caída del sol hasta las 5 a. m.

Los tragos oscilan entre los 5 y 10 dólares..

Compartir – Silvina Ajmat  – La Nación – De allí nomás – Viernes 11 de enero de 2013 – 02:28

 

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