Uruguay: El verano de Mujica

Martín Aguirre – El País digital – Compartir

Durante años el resultado era siempre el mismo. Implacable. La búsqueda de la palabra Uruguay en las páginas del The New York Times arrojaba dos resultados; un artículo sobre fastuosas propiedades en José Ignacio y otro sobre la campaña de Invasor, el pura sangre que supo causar sensación en los hipódromos de EE.UU. Y de pronto, el suceso. La portada del diario más influyente del mundo dedicada a José Mujica puso al país en el candelero. A partir de allí se desató una fiebre global de “mujiquismo”, que a caballo del rótulo de “el Presidente más pobre del mundo” generó ríos de tinta de Brasil a Corea.

 Como todo lo que tiene que ver con Mujica, este furor generó controversia en Uruguay. Por un lado está el natural orgullo, tan propio de quien vive en un país alejado del eje político del mundo, de verse reflejado en los principales medios y con tono tan elogioso hacia la figura y hacia la sociedad que se animó a ponerlo en el poder.

Por otro el pudor, por no decir vergüenza, de que esta explosión de protagonismo no estuviera centrado en bellezas naturales o en el suceso económico, sino en la figura de un Presidente en chancletas, con pantalón remangado y floreciente barriga, que en un salón con paredes descascaradas ofrece al visitante un vaso de Espinillar “con cara de pícaro y pese a que todavía no era mediodía”.

Es entendible. A diferencia de esa persona humilde que un día recibe una visita ilustre y trata de mostrar la mejor cara de su casa, la ostentación que hace Mujica de su vida austera genera incomodidad en muchos.

Sobre todo en una sociedad aldeana y polarizada, que a ciertos niveles no entiende qué le ven de bueno en el mundo a esa figura desaliñada y a su “sucucho”.

La discusión sobre la pobreza de Mujica es algo que viene desde que su carrera política empezó a levantar vuelo. Algunos rivales señalan que se trata de una pose conveniente, y no dejan de recordar que los orígenes sociales de Mujica no son ni tan humildes ni tan “camperos” como hace ver. Que su esposa, la senadora Topolansky es heredera de una de las familias más ricas de la aristocracia nacional. Y que la modesta “chacrita” en la que viven, 25 hectáreas a pocos km de Montevideo, a precio de mercado actual valdría más de 200 mil dólares. Una chacra que según el mandatario, habría sido comprada con los ahorros de su labor como floricultor, y del trabajo de su esposa en una cantina universitaria.

Pero el “personaje” Mujica es de un atractivo indudable. Sobre todo en un momento de crisis internacional, y donde la clase dirigente global suele estar nutrida por fríos profesionales de la política, que gobiernan desde palacios rodeados de guardaespaldas y con estampas pulidas por ejércitos de asesores de imagen.

Cómo resistirse entonces a la frescura de un mandatario que luce, vive, y sobre todo habla, tan distinto a los demás. Incluso pese a que muchos extranjeros que expresan su admiración, difícilmente votarían por una figura semejante para regir sus países.

Claro que, como el propio Mujica se ha encargado de aclararlo en muchas de sus notas, eso responde también a una tradición del país.

Un país que ha tenido presidentes como el colorado Tomás Berreta, de origen tan humilde que había sido tropero, y a quien el profesor Daniel Vidart (amigo cercano de Mujica) describió como de “la entraña del pueblo” y “ajeno a los afeites de la oratoria y al almíbar de los discursos”.

O el nacionalista Daniel Fernández Crespo, que comenzó como maestro de escuela para luego ocupar todos los cargos posibles electivos en el país, e impulsó leyes sociales trascendentes.

La cuestión es que la historia juzga a los mandatarios por el resultado de sus políticas, no por su anecdotario de vida. Por ejemplo, en Estados Unidos las listas sobre el mejor presidente moderno suelen estar encabezadas por John Kennedy, surgido de una familia adinerada de Nueva Inglaterra y cuyo estilo de vida fue todo menos austero.

Y el mote de “peor” acostumbra caer sobre Richard Nixon, nacido en un hogar humilde donde su padre trabajaba en un almacén, y quién le transmitió una forma de vida marcada por la austeridad puritana.

En ese sentido es todavía temprano para saber cómo juzgará la historia la gestión de José Mujica.

Lo que es seguro es que ha dado al Uruguay unos merecidos cinco minutos de fama. Y que cuando pase el tiempo, su estilo y filosofía de vida permanecerán allí arriba. Junto a las mansiones de José Ignacio y la campaña imbatible del “crack” Invasor.

Compartir – Martín Aguirre – El País Digital – José Mujica – Domingo 20.01.2013 – 08:35

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